POR UN CINE POSIBLE         



Imagen por Andrés Casas 


EL CINE COMO EJERCICIO DIARIO 

POR NILES ATALLAH


El cine como ejercicio diario Este masterclass propone pensar el cine como un tejido vivo de representaciones que se despliegan en múltiples niveles, un fractal en constante metamorfosis. Más que un vehículo estético uniforme donde prevalece una sola mirada, el cine aparece aquí como un territorio de reflejos y espejismos, un mar sensible en el que cada espectador traza su propio camino: un cine multidimensional.

Se propone un cine de disonancia y vitalidad, donde diversos modos de percepción confluyen en la convivencia de múltiples formatos, la no linealidad de la narración y la receptividad al cambio que florecen en el lenguaje como un valor acorde a los estímulos visuales y sonoros que nos rodean, una manifestación natural de la cacofonía y discordia de nuestros tiempos. Contra la mononarración que es la herramienta de tiranías, contra la homogeneidad algorítmica, contra la estética corporativa y conservadora que se confunde como lenguaje cinematográfico y adormece los espíritus. ¡Que viva la anarquía creativa! ¡Que viva la belleza en todas sus formas salvajes y desobedientes!

Pensar el cine como un arte multidimensional implica también volver a su raíz. La palabra cine proviene del griego antiguo kīnéō (κινέω), que significa mover, poner en movimiento, activar, provocar un cambio, animar. De esta misma raíz surge cinematografía: kínēma (κίνημα), movimiento, y gráphein (γράφειν), escribir, dibujar, trazar, registrar. Cinematografiar no es, en su origen, contar una historia, sino escribir con movimiento, dibujar el tiempo, activar la transformación. En ninguna de estas etimologías aparece la imagen como objeto, ni la cámara, ni la narrativa, sino el gesto primordial de hacer que algo cobre vida.

De manera paralela, la palabra animación proviene del latín animare: dar aliento, infundir vida, activar, hacer respirar. Animar no es decorar ni estilizar, sino vitalizar, provocar presencia, activar lo latente. Desde esta perspectiva, la animación no es una técnica ni un género específico: es el corazón mismo del cine. Todo cine es animación y toda animación es cine. Allí donde algo parece cobrar vida, donde una forma entra en vibración con nuestra percepción, allí aparece el cine.

Este desplazamiento conceptual libera al cine de sus definiciones industriales. El cine no depende esencialmente de la fotografía, ni de la narrativa. Para que exista cine bastan dos elementos: secuencialidad e intermitencia. Una serie de formas —dibujadas, fotografiadas, esculpidas, intervenidas— que, al ser vistas en determinado ritmo, producen la ilusión de movimiento. Es en ese umbral entre lo inerte y lo vivo donde el cine acontece. El cine puede ser fotografiada, y puede ofrecer una historia como efecto secundario de una sucesión de imágenes y sonidos acumulados, pero la fotografía y la narración no son parte de su esencia. Su esencia se encuentra en su intermitencia: esa extraña relación entre el revelar y el esconder, revelar y esconder, una y otra vez. Lo que nace de ese juego de luz y sombra es el cine.

Desde esta perspectiva, el cine deja de ser un proceso lineal organizado en etapas rígidas —idea, guion, preproducción, producción, postproducción, distribución— y se transforma en una práctica mágica y cotidiana. Así como un músico toca todos los días o un artista visual trabaja diariamente en su taller, el cineasta puede habitar el cine como una forma de vida: filmando con sus herramientas a mano, grabando sonido, dibujando, escribiendo, construyendo figuras, recolectando materiales, observando, experimentando. La obra no nace de un plan cerrado, sino de una relación sostenida con el hacer. Los filmes crecen orgánicamente, como organismos vivos, a partir de la repetición, la atención y la escucha. El cine deja de ser algo excepcional, alejado del flujo diario y se convierte en un modo de estar en el mundo. 

Esta aproximación también cuestiona la primacía de lo narrativo y lo literario. No es necesario comenzar con una idea clara, ni con un guion. A veces, lo más fértil es empezar sin saber, sin mapa. Este método desplaza el centro desde el control hacia el cuerpo, desde el concepto hacia la experiencia, desde la planificación hacia el proceso. Como una planta, la obra necesita ciertas condiciones para crecer —tiempo, cuidado, atención— pero no debe ser forzada a adoptar una forma predeterminada. Se acepta, e incluso se valora, un cierto grado de caos creativo. El cine se vuelve así un espacio de descubrimiento más que de ejecución.

En este laberinto, los materiales no son herramientas pasivas, sino co-creadores activos. Arcilla, plastilina, papel, sonido, luz, cuerpos, paisajes, objetos encontrados, celuloide, cintas magnéticas, discos duros: todos tienen derecho a manifestar su propia voluntad. Escuchar a los actores, a las personas filmadas, a los materiales, al propio proceso. No imponer una forma, sino dialogar con lo que aparece. La obra no surge del genio individual, sino de la coreografía entre elementos: una red de relaciones donde cada cosa afecta a las demás. La originalidad no reside en la idea, sino en la calidad del vínculo que se establece con el mundo. La obra no nace desde una persona, nace desde una conexión, un proceso vivo: persona-materia, idea-mundo.

Aquí, el autor deja de ser un controlador para convertirse en un mediador, un vehículo. Lo importante no es la imposición de una visión, sino la creación de condiciones para que algo emerja. El cine deja de ser un resultado para convertirse en un acontecimiento.

Amar el proceso es, entonces, una posición ética, política y estética. No se trata de hacer películas para obtener un fruto exitoso, que puedan ofrecer lucro a corporaciones, ni fortalecer mercados capitalistas, sino de hacer cine porque el acto mismo de hacerlo transforma la vida. Cuando el foco se coloca prematuramente en la distribución, el mercado o el impacto, el proceso creativo tiene valor solo cuando sirve para elevar un producto. El riesgo disminuye, las formas se vuelven previsibles, la imaginación se autocensura. El cine, como tantas otras artes, ha sido históricamente una práctica comunitaria, íntima, artesanal, antes de que fuera convertida en una industria, antes de la obsesión por la masividad. 

Sin embargo, el lenguaje cinematográfico dominante ha sido moldeado por lógicas corporativas: eficiencia, consumo, rentabilidad, homogeneización. Este enfoque propone recuperar el cine como exploración poética, como acto sensible, como experiencia compartida a pequeña escala. No se trata de negar la existencia del público, ni de confundir la valoración de lo pequeño como algo elitista, sino de comprender que el arte no puede tener como objetivo principal agradar, vender o convencer. Cuando eso ocurre, se vuelve propaganda o mercancía.

En cambio, el cine como arte multidimensional invita a crear desde la incertidumbre, a perderse en el laberinto, a aceptar el espejismo como forma de conocimiento. Cada película se convierte así en un territorio poroso, en un umbral, en una constelación de sentidos posibles que nunca se agotan. No se ofrece como una respuesta, sino como una experiencia. No como un objeto, sino como un organismo vivo.







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